De marzo a mayo realicé
el periodo de prácticas del Máster en Formación del Profesorado en un centro escolar de la Comunidad de Madrid. Las primeras semanas fueron de aprendizaje
más bien teórico, de observación, tomando nota sobre cómo dirigía y preparaba
cada profesor sus clases y qué actitudes presentaban los alumnos ante ellas, a
partir de lo cual iba escribiendo mis propias reflexiones para aprender a
enseñar. Un día, al entrar en una de las aulas, me sorprendió una breve frase
destacada sobre cartulinas colgada de la pared:
«Lo contrario de la distracción no es
la atención, sino la atracción»
Una frase que recogía
de forma sintética la principal idea que nos habían transmitido en el Máster y
que desde entonces se convirtió, automáticamente, en mi objetivo principal:
conseguir que mis alumnos no sólo estuvieran atentos en mis clases, sino que se
sintieran atraídos por lo que pudieran aprender en y de ellas.
Y para ello, creo que la mejor
manera es establecer, por un lado, una relación cordial y estrecha con los
alumnos, y por otro, servirse de todos los recursos que los docentes tenemos a
nuestro alcance, especialmente aquéllos que las nuevas tecnologías ponen a
nuestra disposición y que tanto motivan a los alumnos, para favorecer un
aprendizaje flexible, dinámico y, sobre todo, participativo.